jueves, 8 de octubre de 2015

Una batalla entre moros y cristianos sin vencedores ni vencidos

Farsa, disfraz, belleza, luz, color, música, pólvora... Esos son los elementos esenciales de las fiestas de Moros y Cristianos que se celebran en distintos lugares de España –especialmente en Valencia y Alicante– y también en algunos de América Latina. Más de 300 localidades recrean los enfrentamientos que hubo en la Edad Media entre los seguidores de la cruz y los de la media luna. Por lo general, las actuales fiestas se hacen en honor del santo patrón de la ciudad que, además, tiene un papel fundamental en la batalla ya que, gracias a su intervención súbita, la victoria cae a favor del bando cristiano, a pesar de la superioridad numérica de las tropas árabes.

Existen muchas variantes de esta celebración, ya que cada localidad, en consonancia con su propia historia, añade elementos diferenciadores a la estructura común de las fiestas. Por su espectacularidad, destacan las de Alcoy y Villajoyosa, ambas declaradas de Interés Turístico Internacional. No menos importantes son las de Crevillente, declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional y que aspira a ser, en este año que se cumplen 50 desde que comenzaron, de Interés Turístico Internacional. Es una Fiesta diferente, como comenta el presidente de la Asociación de Fiestas de Moros y Cristianos “en la que nuestras embajadas no se saldan con vencedores ni vencidos, sino con pacto y hermanamiento; en la que la mujer, algo olvidada en esta gran fiesta, es protagonista por excelencia, en la que la estética de los trajes festeros y de nuestros boatos, la belleza de nuestras sultanas y reinas, la gallardía de nuestros capitanes, embajadores y cargos es notable, y en la que el festero disfruta y comparte este sentimiento lúdico e histórico”. Todo un ejemplo de tolerancia, aunque se falte al rigor histórico. Al fin y al cabo se trata de una fiesta.

Estos enfrentamientos rituales, en los que también se hace una ostensible exaltación de la religión católica, son un fogoso y rejuvenecido rescoldo de una de las modalidades de diversión popular más profusamente implantadas en la Península y transportada por los españoles a todas las áreas por las que extendieron su cultura. Y este fenómeno abarca por lo menos ochocientos años ya que sus orígenes se sitúan en el siglo XIII. En esencia, la fiesta de Moros y Cristianos consiste en una representación de teatro popular, expresando el combate entre el bando de los héroes –los cristianos– y los enemigos –los moros–. Dentro de este esquema argumental mínimo tienen cabida variaciones sorprendentes, especialmente con los personajes.

Por ejemplo, en cierta localidad aragonesa la batalla final rememora el combate naval de Lepanto, con las galeras de cartón que simulan ser la flota cristiana capitaneadas nada menos que por Carlomagno; en tierras mexicanas lo mismo se representa un desembarco turco en Yucatán, el desafío entre el Cid y Pilatos, rey de Granada o la inclusión tanto de los moros como de los cristianos en las huestes que siguen al apóstol Santiago en su lucha contra los indios paganos. En los Andes peruanos el bando rival de Santiago y los cristianos está formado por demonios; en el occidente de Portugal es el jefe cristiano san Jorge quien necesita la ayuda de un ángel para liberar a la doncella cautivada por los turcos; y en Andalucía lo mismo son el obispo de la Sevilla visigoda, san Isidoro, que la abuela de Jesús, santa Ana, quienes proporcionan la victoria a las tropas de la cruz. 


Una historia sencilla

La Festa que se celebra en Crevillente, que coincide con la celebración de su patrón, San Francisco de Asís, tiene poco argumento inicial: el embajador cristiano llega hasta el castillo de la ciudad y, en nombre del rey Alfonso X, pretende que el rais renueve el juramento de fidelidad al “rey Sabio”, ante las numerosas revueltas que se producen por la zona, a lo que los moradores de la plaza se niegan por inconsecuente e innecesario: “Que repetir el pacto fecho non ha menester”, contestan. Al no ser atendida su petición, comienzan las hostilidades. Se produce una escaramuza y el rais es hecho prisionero. Se disparan trabucos, espingardas... hay pólvora, mucha pólvora que envuelve a todos los participantes en un manto embrujado de embriagador perfume que durará todos los días de fiesta.

Para mostrar su poderío, las huestes de ambos bandos desfilan en majestuosas Entradas, una cada día. De madrugada, antes de las 7 muchos días, tienen lugar las Dianas Festeras donde grupos de festeros salen con bandas de música o con grupos de dulzainas y tamboriles a despertar a los habitantes y a congregar a los festeros y festeras. Después, las comparsas irán a buscar a sus capitanes y a sus reinas y sultanas para realizar unos pasacalles informales por las calles crevillentinas, que poco a poco van contando con numeroso público expectante por ver el lujo, gallardía y belleza de los principales protagonistas festeros. 

Durante todos los días de fiesta, no falta el trueno y la música. Además de los permanentes pasacalles se celebra una Misa musical, siguiendo la partitura creada para la ocasión por Ramón Más López y cantada por las voces corales de la muy conocida “Coral Crevillentina” y el coro “Alfombras Imperial”. A continuación, en la plaza de la Constitución, centenares de festeros y músicos, junto con los coros participantes en la misa, cantarán el Himno a la Festa, cuya letra es de Ricardo Tejada y la música de Ramón Más.

Los momentos culminantes de Moros y Cristianos en Crevillente son, si duda, las Grandes Entradas Mora o Cristiana, espectaculares y vistosas. Una manifestación fantástica de color y de música, donde destacan las comparsas capitanas, que se engalanan para presumir de eso, de capitanía, y se esfuerzan por sorprender a un público expectante que espera el momento culminante de ver aparecer a sendos capitanes que salen con su comparsa al final de la Entrada correspondiente.

Hay doce comparsas, seis por bando (Astures, Almogávares, Beduinos, Benimerines, Berberiscos, Caballeros del Cid, Dragones, Marroquíes, Omeyas, Moros Vells, Maseros y Castellano-Leonesa). La capitanía del bando correspondiente sale la última para crear mayor expectación en los desfiles, mientras las demás comparsas desfilan, año tras año, con sus trajes y elementos propios y tradicionales, incluyendo toda clase de espectáculos: sensuales ballets, números acrobáticos, luchas de guerreros, ingenios mecánicos de monstruos y fantasías diversas, filas especiales, etc.

Imaginación y tradición
En estos desfiles se puede contemplar todo un espectáculo de luz, color y música. Cada comparsa luce un traje donde mezcla la imaginación con la tradición. Cada comparsa, con un promedio de un centenar de personas desfilando, aporta las bandas de música necesarias para el número de participantes. La música, genuina de estas fiestas, arranca sus sones con los alegres pasodobles cristianos o las majestuosas marchas moras y cristianas compuestas exclusivamente para las fiestas. Y todas las comparsas con niños y niñas, sus filas masculinas y sus grupos femeninos. Completa su paso cada comparsa con una adornada carroza, alusiva también a la época y repleta de fantasía, donde luce su belleza la reina o sultana, engalanadas con lujosos y caros vestidos de terciopelos, sedas, bordados, etc. 

En definitiva, ambas Entradas son una explosión de imaginación, de alegres notas musicales, de matices, colores y luz características del Mediterráneo, que congregan cada una a un millar de festeros y alrededor de un número igual de músicos, más carrozas, artilugios, teatro en la calle, ballets, representaciones, alegorías, vestidos lujosos y multicolores, serpentinas, confeti...

El último día de fiesta, por la tarde, tras otro alardo o simulacro de batalla, se concentran las tropas y se escenifica una embajada al rey Jaime I. Las huestes moras, con su embajador y capitán al frente, piden ayuda al rey Jaime I para que interceda en favor de la liberación del rais capturado por las tropas castellanas, a cambio de sumisión y vasallaje del Lugar de Crevillent y sus dos castillos. Así sucede y tras la liberación del señor moro de Crevillent, todas las huestes, moras y cristianas, muestran su contento. Salvas de pólvora, música, campanas de la torre de la iglesia celebran la avenencia; no hay vencedores, no hay vencidos, no ganan ni pierden ni unos ni otros, sino que se llega a un acuerdo que implica la sumisión del Crevillent islámico a la corona catalano-aragonesa. Este hecho histórico parece que vino a presagiar la amistad, la confraternidad que siete siglos después sería la esencia de estas Fiestas de Moros y Cristianos. Trabucazos y más trabucazos. Ojalá toda la pólvora del mundo se gastara así: disparándose de manera lúdica y festiva.

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